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Proyecciones Publicitarias. El camionero y su familia de Albacete


Era esta una empresa -Proyecciones Publicitarias-, ubicada en Barcelona, que se dedicaba a emitir publicidad en la calle por el simple procedimiento de proyectar sobre una pared blanca, mediante una máquina puesta a equis distancia, anuncios previamente rodados en 35 milímetros, o sea, un proyector de cine, con todo su tamaño y su lógico peso. Es claro que antes que nada debía de encontrarse la pantalla-pared, blanca o que se pudiera pintar, a una altura de, aproximadamente, dos o tres pisos y el lugar, con la distancia adecuada, en el que situar la máquina de proyectar. No llegué a conocerlo, pero en la Ciudad Condal lo habían puesto en marcha.

La empresa quiso implantarlo en Madrid. Y por una de esas casualidades que me situaron, casi siempre, en el lugar adecuado para ser testigo de ciertos hechos, yo trabajaba como "pasante" en el despacho de un abogado, hermano de uno de los socios de Proyecciones Publicitarias en Barcelona que, por cierto, era juez. Había que encontrar pantalla, sitio para el proyector y lograr, además, los permisos correspondientes para iniciar la actividad. Y a eso dediqué toda mi actividad, cambiando asuntos jurídicos, por temas publicitarios. Si bien es verdad que la sociedad estaba muy bien representada a nivel político, su presidente era director general del Banco Madrid y uno de sus socios, magistrado en Barcelona, ninguno quería figurar como "gestor", por lo que estas acciones estaban allí en manos de dos ejecutivos, también socios, que eran Félix Neira, catalán y buena persona y Antón Peña, vasco de los "torcidos". En Madrid pensaban en "mi" abogado como delegado y éste pensaba en mí como su socio en la delegación.

Empezamos por buscar una pantalla adecuada en el sitio adecuado; lo encontramos, una pared en la terraza del Cine Capitol, enclavado en plena Gran Vía, que sobresalía por encima del resto de edificios colindantes y que tenía, además, en la misma terraza y enfrente mismo de la pared-pantalla, un habitáculo que podía servir perfectamente para acomodar el proyector. En la acera de enfrente, en los balcones del Hotel Callao, podíamos ubicar a las autoridades que habrían de autorizarnos la puesta en marcha del medio. Ya teníamos "algo", luego tendríamos que consolidarlo contratando los emplazamientos. Lo haríamos a su tiempo.

Antes teníamos que adentrarnos en lo vericuetos del ayuntamiento. Desde que al terminar la guerra se constituyó en el municipio de Madrid, Luis Álvarez Molina era concejal del mismo; si en el devenir de los años hubo tres o cuatro renovaciones, en todas ellas este hombre salió reelegido y como tal siguió hasta la "noche de los tiempos". Era de Herencia, pueblo del que mi padre fue notario, por lo que algunos contactos tuvimos, tanto con él como con su familia, lo cual me dio ocasión para pedirle audiencia y exponerle nuestros deseos. En un principio no se mostró muy proclive a colaborar y me emplazó a visitarle nuevamente pasados unos días; esta vez estuvo más abierto y me alentó a hacer la prueba, sobre el terreno y ante poco menos que el ayuntamiento en pleno.

Había que conseguir los contratos con los propietarios de la terraza del Capitol y se consiguieron; se pintó la pared-pantalla de blanco y se habilitó el habitáculo para el proyector. Ya todo preparado, se programó el día y la hora de la proyección y se invitó a cuantos concejales y asesores nos fueron indicados por el Sr. Álvarez Molina.

Nos faltaba el proyector y con el proyector y su transportista empieza la segunda parte del asunto. En la mañana del día anterior a la exhibición, cargado en un camión, salió el proyector con rumbo a Madrid, al que, se suponía, debía llegar en la tarde del mismo día; no fue así. Una avería podía haberlo retrasado, pero cuando a la mañana siguiente aun no había llegado y una llamada a Barcelona nos confirmó su salida, facilitándonos, además, tanto matricula como datos del vehiculo, se encendieron todas las alarmas y nos dispusimos a averiguar lo sucedido; un tío de mi mujer, comandante de la Guardia Civil, movilizó a la dotación de tráfico y una pareja de estos localizó el camión en Albacete. El camionero, casado y con su mujer en esa ciudad, quiso darse una noche de fiesta y en lugar de pernoctar en Madrid, como estaba previsto, continuó a Albacete, con la idea de viajar en la madrugada del día siguiente; pero una cosa lleva a otra y a media mañana el camión todavía permanecía aparcado a la puerta de su casa, en la que una vez localizado por la pareja, hubo de iniciar la marcha con toda urgencia y con el susto en el cuerpo, ya que ni los guardias ni el camionero sabían del por qué de aquellas urgencias.

Para abreviar, el camión, debidamente escoltado, llegó al cine Capitol sobre las cinco de la tarde y todavía había que subirlo, montarlo y realizar los empalmes correspondientes; ninguna de estas tareas nada fácil, ya que el proyector era uno de aquellos "mamotretos" que se empleaban entonces, con un peso de varios cientos de kilos y muy poco preparado para su traslado de un sitio para otro... pero se hizo, improvisando todo lo que había que improvisar y sujetando el aparato con cuerdas, pues no había mesa alguna que aguantara su peso; en fin, una odisea, si no en el espacio si en la terraza del cine Capitol.

Pero para la autoridades, debidamente obsequiadas durante la espera, la proyección fue un éxito y culminó con la aprobación de nuestra actividad publicitaria.

En la terraza, una vez culminada la operación de montaje, hubo frases que, por las diferencias entre ambas, merecen ser citadas: El proyeccionista, que era francés, dijo "Sólo la ineptitud de los españoles puede hacer que una cosa tan sencilla, acabe siendo tan complicada". Lo que fue contestado, de inmediato, por uno de los presentes, que le dijo: "Pero solo la genialidad de esos mismos españoles ha logrado que se ponga en marcha un aparato que su propio ingeniero no ha sabido hacer funcionar".

Y no me preguntéis por el fin de Proyecciones Publicitarias, S. A., por que no lo sé. Mientras que los demás hacíamos las gestiones pertinentes, el consejero delegado de la empresa, Antón Peña, el vasco torcido, casado con una madrileña, vino a Madrid, montó un despacho en la calle Marqués de Urquijo, en el que me citó el día siguiente a aprobación, presentándome a un cuñado como delegado en Madrid y remitiéndome a mi tarea de simple vendedor. Lógicamente no acepté y mandé al "torcido" vasco y a su cuñadito, para más INRI militar franquista, a donde tenía que mandarlos, que no cito por decoro, e inicié mi vida por otros derroteros, que me llevaron fuera de Madrid.

Por cierto, queda por reseñar que unos días antes de la proyección se recibió la visita de un "propio" que llevaba el encargo de "retirar" quinientas mil pesetas, que le había encargado recoger quien no menciono por respeto.

Autor: Enrique José Fernández. Ex Canut & Bardina.

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