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El Gobernador y los publicitarios


Había una vez una capital de provincias en la que moraba un gobernador, el cual había sido puesto allí por sus méritos de guerra sin que su cabeza estuviera poblada por atributos que no fueran bélicos. Pero como la fuerza estaba con él, su "gobernanza" transcurría sin excesivos vaivenes.

Esto ocurría en los años sesenta y en la ciudad la gente se movía tratando de acompasarse con el devenir de los tiempos. Las industrias estaban a lo suyo, que era elaborar; los vendedores adaptaban sus métodos a los nuevos tiempos y el "buen paño ya no se vendía sólo en el arca". Los mercados querían ver los productos y estos tenían que asomarse a los mercados. Ya nada o casi nada se vendía solo y la publicidad dejó de ser propaganda, para convertirse en un arma imprescindible para la venta masiva, sobre todo de algunas clases de productos.

¿Las buenas agencias de publicidad estaban sólo en Madrid o Barcelona? ¡No! También las había en provincias y muy especialmente en la ciudad en la que transcurre mi "cuento". Había en ella un buen número, unas con clientes de alcance nacional y otras dedicadas en exclusiva a una clientela meramente local. Pero todas juntas alcanzaban un número lo bastante considerable como para pensar en una colectividad que se fijara metas comunes.

Tanto en Madrid como en Barcelona ya existían sendos Clubes de la Publicidad, los cuales en sus estatutos fijaban, o trataban de fijar, unas premisas para el desarrollo de una actividad cada vez más extendida en España, sobre todo a partir de la importancia, en continuo aumento, que la televisión imponía a las empresas.

La ciudad de mi narración no quería ser menos; precisaba de un foro en el que aunar fuerzas y a ello se dispuso. Lo primero que había que hacer era lograr el permiso del Gobernador; eran tiempos en los que existía la Ley de Peligrosidad Social y ésta se aplicaba, generalmente, a cualquier actividad que se desarrollara sin llevar en sus "papeles" los sellos correspondientes. Hasta se llegaron a dar casos de denegar la puesta en marcha de alguna actividad por no presentar la solicitud con el número de copias exigido.

El caso es que había que pedir audiencia al Gobernador, para cuyo cometido se nombró una Comisión que representaba a tres agencias y la elección de uno de sus miembros recayó en mi persona. Solicitamos la audiencia por los cauces pertinentes y tras unos días de espera, se nos convocó en el despacho del Gobernador un día determinado y a las doce de su mañana. A la cita concurrimos los tres miembros de la Comisión y fuímos recibidos, ¡eso si!, con una amabilidad inusitada. Expusimos el motivo de nuestra visita y ¡oh desilusión!, el bueno del Gobernador no sabía nada de la actividad publicitaria, pidiéndonos que como primera premisa le explicáramos de que se trataba, como así lo hicimos. No hubo pegas; presentamos los estatutos, que se aprobaron, y poco después pusimos en marcha nuestro ansiado Club de la Publicidad.

"Y colorín colorado, este cuento se ha acabado".

Autor: Enrique J. Fernández.

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