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Yo formé parte de una banda

Un día, a finales de 1998 (creo que ya había comenzado el mes de diciembre) recibí una llamada de Agustín Medina, a la sazón Presidente de La Banda de Agustín Medina, y quedamos aquella misma tarde en su agencia para charlar acerca de mi futuro profesional.  Al parecer, Begoña Cuesta, que había sido mi jefa en Bassat Ogilvy & Mather, le había hablado de mí en términos muy positivos y, sabiendo que en aquellos momentos me encontraba en las listas del paro, había decidido ponerse en contacto conmigo.

Me recibió en su despacho un hombre alto y robusto cuyo cabello y barba comenzaban a encanecer. Su rostro, de facciones contundentes, podría haber sido el de un señor medieval, uno de esos condes castellanos que vivían en la soledad de un castillo; o bien, el de un rudo camionero de esos que recorren las autopistas americanas escuchando música country.  De hecho, en una de las paredes de su despacho había una foto que lo representaba así, vestido de camionero. También había otras en las que aparecía junto a famosos como Paco Arrabal o Nati Abascal. Sin duda, era el despacho de un hombre viajado.

Tras una breve charla, Agustín me ofreció un puesto de Director Creativo en La Banda. La agencia, fundada y presidida por un creativo de renombre, me gustaba; el sueldo era bueno; la ocasión, propicia. Como mandaban los cánones del protocolo, le dije que tenía que consultarlo con la almohada. Lógicamente, ambos sabíamos que yo iba a decir que sí, pero en aquellos tiempos todavía se acostumbraba a fingir que tenías que analizar la oferta para ver si resultaba conveniente para el desarrollo de tu carrera profesional.

Salí a la calle. Era de noche y hacía frío. Subí por la Castellana y pasé, dando saltos de alegría, frente a la estatua ecuestre de Franco y al monumento dedicado a Largo Caballero, ministro socialista durante la 2ª República Española. Nuevamente, tras algunos meses de inactividad desde mi salida de Remo, volvía a estar en una agencia, y encima, una de las más representativas del panorama nacional.

Al día siguiente me presenté en La Banda para aceptar la oferta de trabajo que me había hecho su Presidente. Agustín me dio la bienvenida, me presentó a algunos de los que iban a ser mis compañeros de trabajo y me regaló uno de sus libros, una recopilación de algunos de sus artículos publicados en las revistas profesionales del sector.

Creo que nadie que conozca la evolución de la publicidad española en los últimos cincuenta años puede dudar del talento como empresario y creativo de Agustín Medina, pero yo quisiera añadir un par de consideraciones que me parecen fundamentales para hacer un retrato de su personalidad tanto profesional como humana.

La primera es que es un tipo que escribe realmente bien. Basta con leer uno de sus artículos o hojear alguno de sus libros para apreciar la calidad de su prosa. No solo porque dice cosas interesantes sino también porque las cuenta de un modo ameno. Alguno me replicará que no comprende por qué veo tan extraordinario que alguien que ha trabajado como copy una buena parte de su vida, escriba bien. Sin embargo, a lo largo de mi trayectoria profesional he conocido a numerosos redactores y creativos a los que les costaba escribir dos líneas seguidas que resultasen coherentes o un texto sin recurrir a clichés y frases vacías. Por supuesto, a los creativos se nos paga por tener ideas notorias, crear conceptos sólidos y construir imagen de marca, no tanto por escribir con estilo, pero siempre he pensado que escribir con claridad y de manera atractiva tus ideas (tus prejuicios y preceptos, tus sensaciones y emociones) sobre un tema cualquiera facilita enormemente nuestro trabajo. Tiras del ovillo de una frase y “voilà”, ahí tienes una campaña.

El segundo aspecto reseñable de la personalidad de Agustín Medina es que, de todos los publicitarios que he conocido, es uno de los pocos que saben vivir bien. Veréis, a pesar del “glamour” y el elevado tren de vida que se suponen inherentes a la profesión de creativo (especialmente cuando se trata de un creativo exitoso), he conocido a algunos que, pese a ganar sueldos astronómicos, llevaban una existencia calificable de cualquier cosa menos de placentera y divertida.

Tal vez sea debido a mis orígenes proletarios o a mi sensibilidad mediterránea, pero siempre me sorprendió comprobar, sobre todo al principio de mi vida laboral, cómo algunos creativos “forrados” preferían engullir a toda prisa una pizza grasienta en sus despacho antes que salir a comer un menú decente en cualquiera de los restaurantes de la zona.

Por el contrario, en los años que permanecí en La Banda jamás vi a Agustín comiendo en su despacho y siempre que comí con él en un restaurante había una botella de buen vino sobre la mesa. Tampoco le vi abandonar la agencia más tarde las seis o seis y media ni desaprovechar unas vacaciones para viajar por todo el mundo.

Alguno de mis lectores podría replicarme que los “creativos de la pizza al mediodía” eran héroes de la creatividad empeñados en encontrar no una buena idea sino la mejor. El caso es que estos creativos de pro solían llegar a las once de la mañana a la agencia y se dedicaban toda la mañana y parte de la tarde a discutir sobre el sexo de los ángeles, eso sí, con cara de agobio.

Esta faceta de “bon vivant”, unida a su innegable éxito como publicitario hacen de Agustín Medina un ejemplo de que se puede hacer un buen trabajo sin tener que “sufrir” demasiado.

Una personalidad tan fuerte como la de Agustín impregnaba todo el trabajo de la agencia de la que había sido fundador hacía dos décadas, pero no era el único profesional relevante de la agencia. El segundo de abordo, el Director General, se llamaba Julián Reyes y era un valenciano de carácter nervioso e inquieto, cuyo aspecto acicalado e impecable podría haber servido como modelo para representar a un honrado y tradicional padre de los 60. Este hombre vivía el trabajo ( y la vida en general) con verdadera intensidad. Cuando se ponía nervioso, lo cual sucedía muy a menudo, actuaba de manera compulsiva. Una vez, en una reunión, le vi vaciar una bandeja caramelos, y en otra ocasión, durante una comida en Elche con los dueños de Martinelli, contemplé cómo devoraba en unos pocos minutos un plato de almendras fritas. No es de extrañar, pues, que padeciese del estómago.

Las oficinas de La Banda estaban en la Calle Espronceda, a pocos metros de la Castellana. A pesar de formar parte de una de las zonas más dinámicas y activas de la ciudad, aquellas calles conservaban el ambiente de los viejos barrios de Madrid. Abundaban los restaurantes de menú a un precio razonable y todavía se podían ver señoras yendo a la compra con el carrito. El cómico y actor Andrés Pajares vivía por allí y varias veces me topé con él y su mirada algo extraviada. Otro día coincidí en un restaurante del barrio con el gran José Luis López Vázquez, y en otra ocasión, también comiendo, con el no menos grande Manuel Alexandre, ya muy anciano.

La agencia ocupaba una planta baja con puerta a calle. Nada más te encontrabas con Marisa, nuestra simpática y locuaz recepcionista, con sus dichos castizos y su indudable acento madrileño. Luego te metías por un pasillo a cuyos lados se encontraban los despachos de los equipos creativos. En uno de ellos trabajaban Susana, una directora de arte apodada “la Gallega”, y Soledad, una redactora. En realidad, la “Gallega” no era de Galicia, sino de Ponferrada, pero debido a su acento norteño habían comenzado a llamarla así, la “Gallega”. Recuerdo que era muy modernita vistiéndose y arreglándose y que le gustaban las canciones de Raphael. Su compañera de trabajo, Soledad, procedía de Extremadura y era delgada y morena. Al lado de mi despacho estaba el de “Jota”, uno de los tres Directores Creativos que reportaban directamente a Agustín. Luego venía un despacho ocupado por dos creativos: Fernando Minguela, un copy de Ávila, muy metido en el tema de Internet y de cuya boca escuché por vez primera términos como “adsl”, blog, post y otros palabros; y una directora de arte medio alemana y con pintas de siniestra que se llamaba Eva. Luego venía el despacho de Gonzalo, hijo de Agustín, y Jaime, un copy muy madridista. Luego estaba el de Rafa Pombo, otro de los Directores Creativos, un joven menudo y delgado, con pinta de chico estudioso y niño modelo; su compañera se llamaba Susana, una chica de ojos somnolientos cuyo atuendo algo desenfadado contrastaba vivamente con el de su modélico compañero. En otro tramo del pasillo trabajaban Sergio, un tipo tan alto y de rostro tan “medieval” como el de su tío Agustín; un copy llamado Álvaro, fanático confeso de Bruce Springteen; Ana, una diseñadora especializada en identidad corporativa; Javier Carrasco, que con el tiempo fundaría La Despensa… En el departamento audiovisual estaban Ángeles y un chaval llamado Nacho.

Ahora no soy capaz de decir dónde estaban exactamente los despachos de Cuentas pero sí recuerdo bastantes caras y nombres. Había una chica rubia, atractiva y de aspecto saludable, que respondía al nombre de Loreto; también estaban Carmen, una muchacha morena y con gafas de secretaria del “1,2,3…responda otra vez”, que era la esposa de David Yang, creativo conocido por todos por el sobrenombre de  “El Chino”; Ana Cadahía o Cadahia (nunca supe cómo se pronunciaba), una menuda y pizpireta ejecutiva de cuentas; Noemí, la hija de Agustín; María Figaredo, una chica tan morena que siempre me recordó a Halle Berry, y en cuanto a los elementos masculinos del departamento, recuerdo nombres como Óscar y Pablo Ariza.

En la planta de arriba, en la que también estaba el despacho de Agustín y el departamento de medios, había un pequeño estudio donde se hacían los artes finales. En este estudio trabajaba un señor argentino que dibujaba los stories y las ilustraciones empleadas en las presentaciones. Cuando llegué a La Banda, a este señor, Ardito se apellidaba, no le quedaba mucho tiempo para jubilarse y quizá previendo los largos días sin hacer nada que le esperaban, había comenzado a aprender a tocar el bandoneón.  Melómano como soy, y siendo el tango uno de los géneros musicales que siempre me han gustado, no es extraño que cada vez que subiese al estudio pasara un buen rato charlando con él acerca del tango, sus letras y las dificultades que supone aprender a tocar un instrumento como el bandoneón.

Trabajé en La Banda hasta el 2001, justo cuando se cumplían 20 años de su fundación. En términos generales fue uno de los periodos de mi carrera profesional más satisfactorios. Agustín tenía siempre la última palabra en lo que se refiere a la creatividad, pero, siendo como era un creativo, estaba abierto a aceptar nuevas ideas siempre que cumplieran con los objetivos del briefing. Durante aquellos años engrosé mi book con varias campañas interesantes, para Hyundai, Sega, Onda Cero, Martinelli…, aunque, como suele suceder, las mejores quedaron en el cajón de los “anuncios olvidados”. Sin embargo, lo que más recuerdo de aquellos años son aquellos maravillosos viajes al Festival de San Sebastián. No solo por el interés que como creativo publicitario tenía aquel festival, sino también por los eventos gastronómicos que organizaba Agustín, comidas y cenas de agencia en las que disfrutábamos de la increíble cocina vasca. Oh, tortilla de bacalao; oh, pimientos asados; oh, alubias de Tolosa; oh, sidra y chuletones a la brasa, cuánta felicidad me procurasteis aquellos ya lejanos días…y vosotros, sesudos creativos que os alimentáis de pizza recalentada y hamburguesas de ignota procedencia, llamadme fatuo, tragaldabas, glotón, zampón, Gargantúa de pacotilla, muerto de hambre, mas queréis que os diga:España y yo somos así.or Javier del Tío Pozo

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